Diego Moya /Firma invitada
Hay noches en que las fronteras no son líneas dibujadas en los mapas, sino heridas abiertas sobre la piel de un país. Y Ceuta sangra.

Sangra mientras al otro lado del estrecho un reino antiguo de silencios y coronas observa, mide, amenaza y reclama. Como si la historia pudiera borrarse con un gesto de la mano. Como si una multitud pudiera convertir en extranjera una tierra que lleva siglos pronunciando su nombre en español.
Ochenta mil sombras descendieron sobre la puerta. No llegaron con cañones ni banderas desplegadas, pero una frontera puede ser invadida de muchas maneras. A veces basta con abrir la compuerta y dejar que el mar empuje la desesperación de miles de seres humanos contra las murallas de otro pueblo.
Y mientras Ceuta contenía la respiración, en Madrid parecía reinar esa calma extraña de los palacios cuando fuera arrecia la tormenta.
Allí estaba el capitán del barco, mirándose quizá en el espejo de su propio poder, demasiado ocupado en contemplar su reflejo para escuchar el crujido de las tablas.
Porque hay gobernantes que miran al pueblo. Y hay otros que sólo miran el espejo.

España, cansada, contempla a un presidente que muchos ven cada vez más encerrado en la torre de su propio ego; un hombre que parece haber confundido el Gobierno con un escenario y la nación con el público obligado a aplaudir.
Y, sin embargo, mientras intenta caminar hacia adelante, no deja de remover los sepulcros del pasado.
Quiso despertar fantasmas para combatirlos. Y los fantasmas despertaron.
Sacaron a Franco de la tumba de la historia, lo colocaron de nuevo en las conversaciones, en las tertulias, en las sobremesas y hasta en las discusiones de quienes jamás habían pensado hablar de él. Quisieron enterrarlo definitivamente y, a fuerza de nombrarlo, consiguieron que volviera a habitar la memoria de España.
Hay nombres que se apagan con el silencio.
Y hay nombres que se alimentan cada vez que se pronuncian.
Mientras tanto, Ceuta sigue allí. Pequeña sobre el mapa. Inmensa en dignidad.
Una roca española frente a un continente que la observa con hambre de reivindicación. Y Melilla, y las islas, aparecen también en los discursos de quienes parecen creer que la soberanía es una fruta que puede arrancarse del árbol de la historia cuando conviene.

Pero hay que recordarles algo; las piedras tienen memoria.
Y Ceuta y Melilla no son monedas que puedan ponerse sobre la mesa de una negociación. Son parte de una historia, de una nación y de la vida de miles de españoles que tienen derecho a sentirse protegidos sin tener que mirar constantemente por encima del hombro.
Quizá ese sea el verdadero drama.
No sólo la presión que llega desde fuera; sino la sensación de abandono que crece dentro.
Porque una nación puede resistir la tormenta, pero difícilmente soporta que su propio timonel parezca más preocupado por conservar el sillón que por mantener firme el rumbo.
Y España necesita ahora menos espejos y más ventanas, menos propaganda y más verdad, menos trincheras excavadas en los cementerios del pasado y más defensas levantadas para proteger el presente.
No necesitamos resucitar muertos para ganar batallas políticas; necesitamos escuchar a los vivos.
A los españoles de Ceuta que sienten que viven en la primera línea de una frontera que algunos, desde cómodos despachos, sólo conocen por los mapas.
Necesitamos recordar que la soberanía no se defiende con discursos vacíos, sino con decisiones firmes. Que la dignidad de un país no puede depender de la sonrisa, el enfado o los caprichos de un vecino tirano.
Y mientras todo esto ocurre, el halcón sigue volando.

Desde arriba contempla las fronteras, las coronas, los palacios y los sillones.
Ve a los poderosos discutir sobre la historia mientras el presente se les escapa entre los dedos.
Ve a un país dividido por fantasmas que alguien decidió despertar.
Ve una puerta llamada Ceuta resistiendo frente al mar.
Y entonces comprende que quizá la mayor amenaza para una nación no siempre viene de quien golpea desde fuera.
A veces el peligro comienza cuando quienes deberían custodiar la casa dejan de escuchar a quienes viven dentro.
Porque ningún gobernante es eterno.
Ningún sillón pertenece para siempre a quien lo ocupa.
Y ningún pueblo debería olvidar que los palacios sólo existen mientras la gente que está fuera de ellos decide que sigan en pie.
España no necesita mesías, no necesita salvadores, no necesita ególatras que confundan su destino con el destino de todos.
Necesita servidores públicos que comprendan que gobernar no es mirarse en el espejo, sino tener el valor de mirar a los ojos de un pueblo.
Y cuando el halcón vuelva a sobrevolar Ceuta, que encuentre sus murallas firmes, que encuentre a sus ciudadanos tranquilos, que encuentre una España que no tenga miedo de defender lo que es suyo.
Porque las fronteras podrán dibujarse sobre los mapas.
Pero la dignidad, la dignidad se dibuja en el corazón de quienes se niegan a rendirse.
