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La Luz de Dios

    Diego Moya / Firma invitada

    El milagro late vivo, palpitante, en las calles que cruzamos con los ojos bajos, huyendo del viento que azota como un lamento.

    Allí, en el asfalto resbaladizo, bajo farolas que tiemblan con luz dorada… surge el prodigio: una mano que se extiende, temblorosa por el frío, para levantar a quien ha caído. Dedos entumecidos que se entrelazan con otros, transmitiendo no solo calor, sino una chispa de esperanza que quema por dentro.

    El aliento que se eleva en nubes blancas, uniendo extraños en un instante eterno.

    La voz ronca que susurra “ven, entra, no estés solo en esta noche”, mientras el corazón late fuerte, desbordado de ternura inesperada.

    El milagro es ese nudo en la garganta, esa lágrima que se escapa y se congela en la mejilla, ese abrazo que rompe el hielo del alma.

    Y cuando la oscuridad parece devorarlo todo —cuando el invierno ha mordido tan hondo que el pecho duele, y creemos que la luz se ha extinguido para siempre, que la esperanza es solo un recuerdo lejano—, entonces retorna. Suave, como la nieve que cae en silencio, cubriendo las heridas abiertas del mundo con un manto blanco, puro, que borra el dolor y devuelve la inocencia.

    Todo vuelve a suceder, con una intensidad que estremece.

    La Luz regresa, no como un rayo cegador, sino como una caricia tibia que se filtra en las grietas del corazón roto.

    Y con ella, la paz: esa paz profunda, que inunda como un río lento, que calma las tormentas interiores, que hace que el aliento se vuelva sereno y los ojos se humedezcan de gratitud.

    Es Navidad.

    El momento en que el cielo se inclina hacia la tierra, y Dios —inmenso, eterno, generoso, todopoderoso— elige hacerse niño. Pequeño, frágil, desnudo de poder. Para mirarnos desde abajo, desde la pobreza de un pesebre, y recordarnos que la grandeza no está en dominar, sino en entregarse.

    Se hace niño para que nosotros podamos volver a serlo: con gestos de asombro, de llanto limpio, de risa sin cálculo.

    Para que en sus ojos nuevos veamos reflejada nuestra propia capacidad de esperanza.

    Pequeño, vulnerable, con piel rosada y llanto suave. Acurrucado en la pobreza de un pesebre, bajo un cielo estrellado que brilla como lágrimas de alegría.

    Se hace niño para mirarnos con ojos nuevos, llenos de confianza absoluta, y recordarnos que el amor más grande nace en la fragilidad.

    Para que nosotros, endurecidos por la vida, volvamos a ser niños: capaces de maravillarnos ante una estrella, de llorar sin vergüenza, de creer que el mundo puede ser bueno otra vez.

    En sus manitas abiertas cabe toda la esperanza del universo. Y en su sonrisa, el perdón que tanto necesitamos.

    Entonces, en el invierno más cruel, florece la primavera del espíritu.

    Los hombres de buena voluntad —aquellos cuyo corazón aún late con bondad, que perdonan setenta veces siete, que tienden la mano, aunque duela— sienten un fuego suave encenderse dentro, una estrella que les guía hacia lo mejor de sí mismos.

    Es la Navidad que retorna, año tras año, como un latido inextinguible.

    Porque mientras haya un alma dispuesta a acoger a ese Niño, el milagro seguirá brotando. En las calles heladas, en las manos temblorosas que se encuentran, en la paz blanca que desciende y envuelve el mundo herido en un abrazo eterno.

    Gloria in excelsis Deo.

    Y en la tierra, a los hombres de buena voluntad… Paz. Paz verdadera, que hace llorar de emoción ante el abrazo sincero de la humanidad.

    Navidad 2025

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