Diego Moya / Firma invitada
No un rock que explota y se apaga, ni un tango que corta con su filo dramático. No. La vida es un bolero: lento, obstinado, con ese compás de tres por cuatro que te obliga a moverte, aunque el corazón pese.

Entra suave, como una guitarra que rasguea en la penumbra de un bar viejo.
Te invita a bailar pegado, cuerpo con cuerpo, aliento con aliento.
Al principio crees que será eterno ese roce, esa promesa susurrada al oído. Pero el bolero sabe de engaños: avanza un paso, retrocede dos, y cuando menos lo esperas, te gira despacio para mostrarte la soledad que siempre estuvo ahí, esperando el siguiente compás.
Sus letras son crueles de tan sinceras. Hablan de amores que se van, de besos que se olvidan, de noches que duelen como herida abierta. Y sin embargo, uno las canta. Uno las baila. Porque en el bolero el sufrimiento tiene cadencia, tiene belleza, tiene un sentido que la vida real a veces no concede.

La vida es un bolero porque no te deja parar. Aunque llores, aunque tropieces, aunque el salón se vacíe y solo queden ecos de maracas lejanas, el ritmo sigue. Un, dos, tres. Un, dos, tres. Te empuja hacia adelante con su melancolía elegante, con su resignación que no es derrota, sino sabiduría.
Y al final, cuando las luces se atenúan y el cuerpo ya no responde como antes, uno comprende: no se trata de ganar la partida ni de llegar primero. Se trata de haber bailado, de haber sentido cada nota en la piel, de haber amado con esa intensidad lenta y profunda que solo el bolero conoce.
La vida es un bolero: un largo, doloroso y hermoso abrazo con el tiempo, que siempre termina, sí, pero que mientras dura, vale cada latido.
https://youtu.be/SjAQOFolFhw?si=RbgnCdUiXzBY_Hk7
