Diego Moya / Firma invitada
Una vez tuve un sueño. En la penumbra de la noche, cuando el mundo parecía exhausto de tanto odio, vi a la humanidad entera detenerse.

Los fusiles cayeron de las manos como hojas secas en otoño.
Los soldados, con los rostros surcados por el polvo y la sangre ajena, alzaron la vista y, sin palabras, se reconocieron hermanos.
Un niño tendió su mano pequeña a un hombre de uniforme enemigo; el hombre se arrodilló y lloró.
Y aquel llanto se volvió río, y el río arrastró siglos de guerras, de fronteras trazadas con tinta y con fuego, de matanzas que olían a pólvora y a miedo.
Entonces la humanidad se abrazó.
No fue un abrazo tibio ni protocolario: fue un abrazo profundo, de huesos que crujen, de corazones que se golpean contra otros corazones.
Se abrazaron los que ayer se mataban, los que se habían maldecido en lenguas distintas, los que habían perdido hijos en campos lejanos.
Y en ese abrazo el tiempo se detuvo, como si el universo entero contuviera la respiración para no romper el hechizo.

Después, el mundo se pintó de colores.
No fueron colores suaves ni pastel: fueron rojos intensos como la vida que renace, azules profundos como el cielo después de la tormenta, verdes que brotaban de la tierra herida y florecían en minutos. Los campos de batalla se cubrieron de amapolas; las ruinas se vistieron de enredaderas.
Y los hombres, aquellos hombres que habían olvidado cómo se sonríe, descubrieron de pronto que sus labios aún sabían curvarse.
Sonrisas tímidas al principio, luego anchas, luego contagiosas.
Sonrisas que iluminaban más que mil soles.

Hubo una vez, hace tiempo, que alguien dijo: los sueños sueños son. Y con esa frase cortó las alas a muchos corazones.
Pero hoy, a ti, te digo otra cosa.
Aquello que sueñes podrás conseguirlo, si lo sueñas con la fuerza de quien sabe que los sueños no son humo, sino semillas.
No sueñes lo absurdo que se desvanece al amanecer.
No sueñes riquezas que pesan y no calientan.
No sueñes el infinito que aterra por su vacío.
Sueña, en cambio, con aquello que te haga feliz de verdad:
el abrazo que aún no has dado, la palabra amable que guardas en la garganta, la mano tendida al que sufre, la risa compartida bajo un mismo cielo.
Sueña con un mundo donde los hombres se reconozcan en los ojos del otro.
Sueña con colores que no se borren.
Sueña con sonrisas que duren más que las guerras.
Y no dejes de soñar.
Porque los sueños, cuando son verdaderos, no se quedan en la noche, salen al día, se hacen carne, se hacen camino, se hacen realidad.
No dejes de soñar.
