Diego Moya / Firma invitada
En las llanuras de La Mancha, donde el sol se derrama como miel quemada sobre la tierra reseca, cabalgan dos sombras que no pertenecen del todo al mismo mundo.

Don Quijote avanza primero, erguido sobre Rocinante como si el caballo fuera prolongación de su voluntad.
Su yelmo abollado brilla con luz propia, luz que no viene del cielo sino de algún lugar interior donde aún arden los romances que devoró hasta perder la cordura.
Cada molino es un gigante, cada rebaño un ejército, cada venta un castillo.
No ve lo que hay: ve lo que debería haber.
Su mirada atraviesa la corteza áspera de las cosas y encuentra, debajo, la promesa de justicia, de hermosura, de honor que nadie más recuerda. Entrega su cuerpo flaco, su bolsa vacía, sus noches sin sueño, sin pedir nada a cambio. Ni recompensa, ni comprensión, ni siquiera una victoria segura. Entrega porque sí. Porque el mundo está mal hecho y alguien tiene que enderezarlo, aunque se rompa en el intento.
Sancho va detrás, sobre el rucio paciente, balanceándose como un saco de trigo mal atado. Lleva los ojos pegados al suelo, contando piedras, surcos, sombras de nubes que podrían traer lluvia o no traer nada.

Para él el mundo no está mal hecho: está hecho exactamente como está, con sus hambres precisas, sus jornales escasos, sus promesas que casi nunca se cumplen.
Sueña con una ínsula porque la palabra suena redonda y llena, porque imagina mesas con manteles largos, vino sin medida, sueño sin preocupaciones.
Acompaña al hidalgo porque en esa locura ajena ve la posibilidad de un provecho tangible. “Señor —dice—, si me dais la ínsula prometida, yo os serviré fielmente”. Y la fidelidad lleva precio, aunque él lo llame lealtad.
Y sin embargo caminan juntos.
Cuando el yelmo de cartón se parte contra un molino real, Don Quijote sangra y sonríe: “Otro encantador me ha vencido, pero no mi propósito”. Sancho, con las manos en la cabeza, murmura: “Ay señor, ¿cuándo acabaremos con estos gigantes que solo vos veis?”. Pero no se va. Recoge al caballero del suelo, le limpia la sangre con el mismo paño que después usará para envolver un pedazo de queso, y sigue.
Porque en el fondo de su vientre redondo y pragmático late algo que no se atreve a nombrar: una admiración torpe, un cariño que no cabe en las cuentas de las ganancias y las pérdidas.

Y en el pecho hundido del hidalgo, bajo la armadura oxidada, vive un reconocimiento callado: sin ese escudero terco que le grita verdades como puñetazos, su locura sería solo un monólogo estéril.
Así avanzan, uno delante del otro, tirando el uno del otro, sosteniéndose mutuamente en su imposibilidad.
El idealismo puro se rompería contra la primera piedra si no tuviera a su lado el realismo terco que lo remienda.
El realismo puro se quedaría para siempre junto al fuego de la cocina, contando monedas imaginarias, si no lo arrastrara la fiebre imposible de un hombre que se niega a aceptar que los molinos solo muelen trigo.
Y en esa tensión sin fin, entrega sin condiciones contra cálculo interesado, sueño contra pan, nace algo que ninguno de los dos buscaba: una amistad más profunda que la justicia y más real que cualquier ínsula.
Porque a veces, solo a veces, el loco y el cuerdo, el que da todo y el que espera algo, caminando juntos bajo el mismo sol implacable, alcanzan a dibujar, sin querer, la silueta exacta de lo humano.