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España… hoy te suspiro

    Diego Moya / Firma invitada

    Porque en aquellos años, los benditos ochenta, donde todo parecía improvisado y, sin embargo, salía, la democracia era como un electrodoméstico recién comprado: no sabías muy bien cómo usarlo, pero le dabas a todos los botones con ilusión.

    No había móviles. Esto ahora suena a castigo medieval, pero tenía su encanto: si alguien no contestaba… es que no estaba. No había teorías conspiratorias de “lo ha leído y no ha contestado” Estaba en la calle, en el bar o, en el peor de los casos, trabajando. Qué tiempos salvajes.

    Para quedar, se quedaba. A una hora. En un sitio. Y si no ibas… mala suerte. Nadie te mandaba un “¿dónde estás?” a los dos minutos. La gente tenía paciencia. O resignación. Que, bien llevada, es una forma muy digna de sabiduría.

    Los coches duraban toda la vida… y parte de la siguiente. Aquello no eran vehículos, eran miembros de la familia. El Renault 5 no se cambiaba: se heredaba. Y si hacía un ruido raro, no se llevaba al taller… se subía la radio.

    Mascábamos chicle Bazooka como si dentro viniera la respuesta a los misterios del universo. Y oye, a veces venía un chiste tan malo que te hacía replantearte todo… incluida tu inteligencia.

    Fumábamos Celtas Cortos. Sin filtro, sin culpa y sin que nadie te mirara como si estuvieras invocando al apocalipsis. Eso sí, luego subías tres escaleras y te planteabas seriamente tus decisiones vitales.

    Las chicas llevaban minifalda… y nosotros llevábamos una mezcla de respeto, timidez y torpeza que hoy sería patrimonio cultural inmaterial. Se miraba, sí, pero con ese equilibrio extraño entre admiración y “como diga algo, me muero aquí mismo”.

    En el colegio nos explicaban cómo funcionaba la reproducción humana con un nivel de detalle que hoy provocaría tres denuncias y dos documentales. Salías de clase sabiendo “más o menos” para qué servía cada cosa… y con la firme decisión de no preguntar en casa, por si acaso empeoraba la explicación.

    Las comuniones eran en casa. Chocolate con churros, mesas plegables, y un primo que siempre acababa corriendo con la corbata en la cabeza. Nada de menús degustación ni centros de mesa que parecían esculturas contemporáneas. Allí el arte era no quemarse con el chocolate.

    Y la música… aquello sí que era democracia real. En el mismo tocadiscos convivían los Beatles, Pink Floyd, Jarcha, Cafrune y Serrat sin necesidad de debates en redes. Nadie decía “esto no pega”. Pegaba todo. Porque lo importante no era el estilo… era el momento.

    Y éramos felices. Sin saberlo, que es como mejor se es.

    España despertaba a la libertad, despacio, como quien se despereza después de una siesta larga. Y la política, fíjate tú qué cosa, tenía cierto aire de responsabilidad. Discutían, claro. Pero luego se sentaban. Ahora se sientan… pero para ver quién grita más fuerte.

    Dicen ahora, con esa ligereza tan moderna, que qué mal se vivía en los 80.

    Claro. Horrible. No había WiFi. La gente tenía que hablar.

    Te despiertas un miércoles cualquiera en un pueblo que no sale en los mapas grandes… pero donde todo el mundo sabe quién eres, lo cual a veces es una bendición y otras un problema serio.

    La casa está en silencio. Pero no un silencio incómodo, no. Un silencio bueno, de los que no necesitan música de fondo para no asustarte.

    Tu mujer y los niños duermen. Y tú no miras el móvil… porque no hay. Así que no tienes más remedio que pensar. Una experiencia arriesgadísima.

    En la cocina, el café de puchero burbujea como si estuviera cotilleando. Huele a tostadas, a aceite de Jaén, a vida sencilla. Nada de cafés con nombres en italiano que suenan a insulto suave.

    La radio suena. Luis del Olmo habla por una emisora y Carlos Herrera por otra. Ambos se respetan y no interrumpen: acompañan. Como ese vecino que no molesta, pero siempre está.

    Sales a la calle. Saludas. Siempre. Aunque no te apetezca. Y curiosamente, después de saludar, te apetece un poco más.

    Vas al trabajo. Sin frases motivacionales ni gurús ni coach. Pero con una lógica aplastante: si no vas, no cobras. Filosofía pura.

    A media mañana, el bar. El de siempre. La tragaperras canta como si estuviera poseída, el camarero ya sabe lo tuyo… y si un día cambias, te mira raro. Como diciendo: “no te reconozco”.

    Nadie mira pantallas. Porque no hay. Y entonces pasa algo revolucionario: la gente se escucha. A veces incluso se entiende.

    A mediodía, comida de la de verdad. De la que te deja pensando si necesitas siesta o directamente un testamento.

    Por la tarde, los niños convierten el salón en zona catastrófica. Globos, nocilla, gritos… y ningún adulto diciendo “cuidado con el sofá”. El sofá, como España, resistía.

    Luego la calle. Dos piedras, una portería y discusiones eternas sobre si eso era gol o no. El VAR era Manolo, que gritaba más fuerte que los demás.

    Mañana toca médico. Don Luis Carlos o Don Tomás. Que no necesitan ordenador para saber qué te pasa. Te mira, frunce el ceño… y acierta. Magia o experiencia, nunca lo sabremos.

    Te cruzas con vecinos. Hablan de futuro sin ironía. Sin memes. Sin ese tono de “ya veremos”. Ellos veían. Directamente.

    Tu mujer sentencia:

    —Este sábado hacemos barbacoa.

    Y eso no se debate. Eso se acata con alegría.

    Ya ves la escena: carne en la parrilla, sillas en la calle, alguien trayendo hielo tarde, otro contando el mismo chiste de siempre… y todos riéndose igual.

    Suena Los Chichos. O Los Chunguitos. Y nadie analiza la letra. Se vive. Que ya es bastante. No era perfecto. Claro que no. Pero era nuestro y era de verdad.

    https://youtu.be/HzlT-Y_cZCA?si=89cc61nUMiqUPkKr

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