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Gracias

    Diego Moya /Firma invitada

    Gracias a mis padres, que cosieron con hilo grueso y paciencia de santo los jirones que yo mismo desgarraba cada vez que creía saber cómo era el mundo.

    Gracias al amigo que se apoyó en mi hombro con todo el peso de su mentira hermosa, porque en la caída aprendí que hay abrazos que solo sirven de andamio para que el otro escape más rápido.

    Gracias a aquella amiga callada que me quiso en voz baja, con la terca delicadeza de la lluvia que riega durante años la misma planta, aunque nunca le digan gracias por la flor.

    Gracias al sargento de mirada dura y corazón de contrabando que miró para otro lado justo cuando debía castigar, y me enseñó, sin palabras, que a veces la verdadera autoridad consiste en regalar una oportunidad que no se merece nadie.

    Gracias al compañero que me cubrió las espaldas, no por heroísmo de película, sino porque entendió, sin necesidad de explicarlo, que hay momentos en los que salvar a otro es la única forma decente de salvarse uno mismo.

    Gracias a aquella anciana de Albarracín que me colocó una flor pequeña y morada en la mano como quien entrega un secreto y siguió su camino sin esperar que entendiera nada.

    Gracias a mis hermanos que me echaron del grupo de WhatsApp y me obligaron, a golpes de silencio digital, a aprender que la familia también se construye con las ausencias que duelen.

    Gracias al mendigo que me tendió la mano pidiendo y, sin saberlo, me devolvió la dignidad de sentirme necesario, aunque fuera por tres segundos.

    Gracias a la mujer que empapó mi hombro de lágrimas saladas y me enseñó que a veces sostener a otro que se rompe es la única manera de no romperse del todo uno mismo.

    Gracias a los idiotas, benditos espejos crueles, que me señalaron con entusiasmo el camino más ancho, más brillante y más equivocado.

    Gracias al barco que me llevó a islas donde no era posible estar y me regresó con la certeza de que hay lugares que solo existen para que después sepamos que ya no estamos allí.

    Gracias a Pink Floyd por dejarme flotar un rato por encima del ruido de mi propia cabeza.

    Gracias a Walt Disney, que me tendió un mapa de nubes y azúcar, un reino donde los castillos flotan y las lágrimas siempre encuentran su tren de medianoche para volverse estrellas.

    Me enseñó que bastaba cerrar los ojos y desear muy fuerte para que el mundo, aunque fuera por un rato, se dejase domesticar como un ciervo manso.

    Gracias a Jack Daniel’s, compañero mudo y fiel que nunca juzga ni se marcha antes de que amanezca.

    Gracias a Freud, viejo mago de barba blanca y mirada indiscreta, que abrió con ganzúa la trampilla del sótano y me mostró que debajo de la alfombra bien planchada de la cordura había un carnaval entero de deseos vestidos de terciopelo negro y risas prohibidas.

    Me enseñó que el sexo no es solo piel contra piel, sino un idioma antiguo que habla el cuerpo cuando la conciencia se distrae mirando hacia otro lado.

    Gracias a aquella amiga que ya vive en el cielo y que, desde allí, sigue cuidándome con la misma suavidad con que antes me regañaba.

    Y gracias a ti, que ahora mismo estás asumiendo este gesto de gratitud desordenado con la media sonrisa del que piensa: «A ver con qué locura sale este ahora…»

    Gracias, sobre todo, a la Vida, porque me ha dado tanto que a veces no sé cómo llevarlo todo en el pecho sin que se me salga por los ojos.

    Gracias, sobre todo, sobre todo, a mi Ángel de la Guarda, que lleva años haciendo horas extras conmigo y todavía no ha pedido el traslado.

    Y gracias, mi Señor, mi Dios, mi Padre, porque llegué desnudo de ambiciones y me voy a ir igual de desnudo, pero con los bolsillos llenos de todas las veces que me has perdonado sin que yo me diera cuenta.

    Gracias por amarme tanto, a pesar de que sigo siendo el mismo desastre agradecido de siempre.

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