Saltar al contenido

La fuerza del perdón

    Diego Moya / firma invitada

    Y, sin embargo, hoy hemos querido hablar de una palabra que no siempre se pronuncia con facilidad, pero que puede cambiar la vida de un ser humano: perdón.

    Perdonar no es negar la herida.

    No es fingir que nada ocurrió.

    No es llamar luz a lo que fue sombra.

    Perdonar es mirar de frente el dolor y decidir que no será él quien tenga la última palabra.

    Porque hay dolores que no se curan con el reloj, ni con las estaciones, ni con el simple avance de los días.

    Hay dolores que sólo empiezan a sanar cuando el corazón, cansado de arder, se atreve a soltar.

    Perdonar es una forma de libertad.

    La más difícil, quizás.

    La más silenciosa.

    La más verdadera.

    A veces creemos que el perdón es un regalo para quien nos hirió.

    Pero no.

    El perdón, muchas veces, es el pan que necesita nuestra propia alma para dejar de pasar hambre.

    Es la llave que abre la celda interior donde el resentimiento nos fue encerrando poco a poco.

    Porque el rencor no siempre grita.

    A veces se sienta a nuestro lado y nos acompaña como una sombra.

    Nos hace recordar, una y otra vez, lo que nos rompió.

    Nos convence de que seguir enojados es una forma de justicia.

    Pero no.

    A menudo es sólo una forma de seguir sufriendo.

    Perdonar no siempre significa reconciliarse.

    No siempre significa volver.

    No siempre significa abrir de nuevo la misma puerta.

    A veces perdonar es simplemente dejar de llevar una herida abierta como si fuera una bandera.

    Es decir: “esto me hirió, sí, pero no me definirá para siempre”.

    Hay personas que cargan culpas que no les pertenecen.

    Hay corazones que se castigan por amores que no fueron, por palabras que no dijeron, por decisiones que tomaron desde el miedo.

    Y también a ellos se les debe el perdón.

    Porque no sólo necesitamos perdonar a quienes nos hirieron desde fuera.

    También debemos aprender a abrazar con misericordia nuestras propias ruinas.

    Qué difícil es perdonarse a uno mismo.

    Qué difícil mirar atrás sin condenarse.

    Qué difícil aceptar que éramos frágiles, imperfectos, torpes, humanos.

    Y qué necesaria es esa mirada compasiva que no destruye, sino que levanta.

    El perdón es una lluvia suave sobre la tierra agrietada del alma.

    No borra la sequía de golpe, pero prepara el milagro del renacer.

    No devuelve lo perdido, pero permite que algo nuevo crezca donde antes sólo había polvo.

    Hay almas que se han quedado detenidas en un día antiguo.

    Viven allí, entre la herida y el recuerdo, como si el tiempo se hubiera cerrado sobre ellas.

    Pero el perdón llega como un amanecer distinto.

    No siempre entra con estruendo.

    A veces entra despacio.

    Como una luz que toca la ventana, como un hilo de calor sobre el rostro cansado.

    Y entonces uno comprende que seguir viviendo con odio en el corazón es como intentar beber agua con la garganta llena de espinas.

    No se puede.

    No se descansa.

    No se avanza.

    Perdonar es volver a respirar sin miedo.

    Es quitarse el peso del alma.

    Es dejar que la herida deje de mandar.

    Es abrir una rendija para que entre la paz, aunque sea pequeña, aunque sea temblorosa, aunque al principio sólo sea un deseo.

    Porque el perdón no llega siempre completo.

    A veces empieza como una intención.

    Como una frase dicha en voz baja.

    Como un paso diminuto hacia la paz.

    Pero incluso ese pequeño paso puede cambiar el destino de una vida.

    Hoy, quizás, alguien nos escucha con el corazón cansado.

    Tal vez lleva años sosteniendo una herida que ya no sabe nombrar.

    Tal vez arrastró un nombre, una traición, una ausencia, una deuda emocional que nunca logró soltar.

    A esa persona queremos decirle que no está sola.

    Que no hay vergüenza en haber sufrido.

    Que no hay debilidad en querer sanar.

    Y que perdonar no es rendirse: es volver a ponerse de pie.

    Porque hay batallas que no se ganan venciendo a nadie.

    Se ganan venciendo al rencor.

    Se ganan eligiendo la paz.

    Se ganan cuando el corazón, herido pero digno, decide no seguir siendo prisionero.

    Que el perdón no borre el pasado, pero sí abrace el presente.

    Que no cambie lo ocurrido, pero sí la manera en que lo llevamos dentro.

    Que no devuelva lo perdido, pero sí nos devuelva a nosotros mismos.

    Y si alguna vez el alma tiembla ante la idea de perdonar, recordemos esto: quien perdona no dice que el daño fue pequeño. Dice, con lágrimas o con silencio, que su alma merece seguir viviendo.

    Buenas noches.

    Que el perdón encuentre en nosotros una casa.

    Que la paz vuelva a sembrarse en las grietas del corazón.

    Y que, donde ayer hubo herida, mañana pueda nacer la Luz.

    Deja una respuesta

    Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

    Diseño web por XYZ Comunicación