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Nos queda la palabra

    Diego Moya / Firma invitada

    El mundo amanece cada día con un nudo en la garganta.

    Las plazas siguen llenas de gente, pero vacías de voz.

    Hay banderas que ondean alto, no para proteger a los pueblos, sino para tapar el horizonte, para que nadie vea que detrás del telón de los discursos se amontonan jaulas invisibles.

    Las libertades, esas viejas flores conquistadas con sangre y susurros, se marchitan en macetas de propaganda.

    Se habla de seguridad mientras se graban conversaciones, se habla de orden mientras se encadenan conciencias, se habla de patria mientras se pisotea al vecino.

    La autarquía vuelve disfrazada de orgullo nacional, y muchos aplauden sin notar que el aplauso también es una cadena cuando se vuelve obligatorio.

    Los nuevos dictadores ya no siempre llevan uniforme; a veces visten trajes caros, corbata y sonrisa ensayada.

    No gritan, no golpean la mesa: firman decretos suaves, redactan leyes ambiguas, manipulan miedos, señalan enemigos.

    No necesitan barrotes visibles: les basta con que cada persona aprenda a encerrarse sola en su propio miedo.

    La política, que nació como servicio, se ha convertido en oficio rentable, en carrera, en escalera de un solo sentido: siempre hacia arriba y nunca hacia dentro.

    Donde debería haber vocación, hay cálculo; donde debería haber sacrificio, hay marketing; donde debería haber escuchado, hay ruido de micrófonos y guerra de eslóganes.

    Los elegidos para cuidar del bien común se han especializado en cuidar de su propio sillón, que pulen más que la conciencia.

    En los parlamentos ya no se debate: se compite a ver quién humilla más al otro.

    El «tú más» se ha vuelto himno, escudo y coartada.

    No se discuten ideas, se destruyen personas; no se buscan soluciones, se fabrican culpables.

    La corrupción no es solo el sobre oculto o la cuenta en un paraíso fiscal; es también la promesa rota, el silencio comprado, la mentira repetida hasta que el pueblo, cansado, deja de preguntar.

    Existen políticos honestos, sí, seres casi anacrónicos que aún creen que la palabra «servir» no es un verbo para los débiles, sino la raíz de la dignidad pública.

    Pero sus voces se pierden en el vendaval de los egoístas, que hablan más alto, que compran más focos, que llenan de humo los espacios donde debería entrar la luz.

    Los honestos parecen faros en una costa cada vez más borrada por la niebla: están ahí, pero pocos los ven; y los que los ven, a veces llegan tarde a puerto.

    Mientras tanto, hay países que se creen los jueces del mundo y caminan por el planeta como antiguos imperios, con botas nuevas y viejas lógicas.

    Dicen intervenir por la paz, y llevan fuego; dicen proteger la libertad, y venden armas; dicen defender derechos, y pactan con tiranos cuando les conviene.

    Son policías sin ley superior que no sea su propio interés, emperadores sin corona que deciden quién merece vivir en calma y quién debe aprender a convivir con el estruendo de las bombas.

    Chaplin ya lo gritó en un tiempo de blanco y negro: nos advirtió del hombre pequeño con poder enorme, del corazón endurecido por la máquina y por la codicia.

    En su profético mensaje a la humanidad de El Gran Dictador, ya lo denunció en los años 40: «No queremos odiar ni despreciar a nadie. En este mundo hay sitio para todos.

    La Tierra es rica y puede proveer para todos». Su voz, un eco eterno, advertía contra la maquinaria del poder que transforma hombres en bestias, contra la avaricia que engendra guerras y miseria.

    Su discurso fue un espejo incómodo donde la humanidad vio su rostro deformado por el odio, la ambición y el miedo.

    Han pasado décadas, ha cambiado el cine, ha cambiado la tecnología, pero el discurso sigue siendo actual porque los monstruos han cambiado de máscara, no de esencia.

    Entonces, ¿qué nos queda?, te preguntas.

    Nos queda la conciencia, que es la última trinchera.

    Nos queda el gesto pequeño que no sale en las noticias: el funcionario que no acepta el soborno, el ciudadano que no comparte el bulo, el periodista que no se vende, el juez que no se inclina ante la presión, el maestro que enseña a pensar y no a obedecer.

    Nos queda la dignidad de decir «no» cuando todo nos empuja a callar, y de decir «basta» cuando quieren que aplaudamos.

    ¿Qué esperanza tenemos?

    La esperanza no está en los palacios, sino en las calles, en los hogares, en las aulas, en los talleres, en los hospitales; en cada lugar donde alguien decide no imitar los vicios de los poderosos.

    La esperanza es un hilo frágil, pero no se rompe si muchas manos lo sostienen.

    No es una luz que cae del cielo, es una llama que se enciende abajo, a ras de tierra, en la mirada de quienes no renuncian a la justicia, aunque nunca se sienten en un escaño.

    ¿Cómo deben cambiar los políticos?

    No basta con que cambien de partido; Tienen que cambiar de mirada.

    Deberían recordar que el cargo es un paréntesis y la persona es lo que queda cuando se cierran las urnas y se apagan las cámaras.

    Deberían volver a sentir vergüenza, esa vieja guardiana moral que hoy parece en desuso.

    Aceptar menos privilegios, escuchar más, hablar menos, rendir cuentas como quien enseña las manos limpias después de trabajar para otros.

    En lugar de venir a servirse, deberían aprender a sentarse a la mesa del pueblo, no en la cabecera, sino a la altura de la silla más desgastada.

    Deberían caminar por las calles sin escolta, con la única protección de una conciencia tranquila.

    Deberían entender que el verdadero poder no es mandar sobre muchos, sino no corromperse aún pudiendo hacerlo.

    Y nosotros, los de abajo, los que votamos, los que sufrimos, los que miramos, también debemos cambiar.

    Porque un político corrupto necesita una sociedad resignada para sobrevivir.

    Mientras sigamos diciendo «son todos iguales», les regalamos el anonimato perfecto donde se esconden los peores.

    Mientras creamos que no podemos hacer nada, ellos pueden hacerlo todo.

    Nos queda la palabra, sí.

    La palabra escrita, hablada, susurrada, cantada, compartida.

    La palabra que denuncia como Chaplin, que pregunta, que incomoda, que inspira, que recuerda a los poderosos que su imperio es de humo si los pueblos dejan de sostenerlo.

    Nos quedan los relatos como este, que no cambian el mundo de golpe, pero cambian, quizás, el corazón de quien los escucha.

    Y de corazón en corazón, algún día, puede cambiar también la historia.

    https://youtu.be/3a-3aAxi7sE?si=0aBxbVi5yJdtULQI

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